Siempre se dice que la primera vez nunca se olvida. Pero, ¿qué sucede con la última? Quizás sea justamente ahí donde todo adquiere un significado diferente. Donde la memoria deja de mirar hacia atrás para aferrarse al presente. Sepultura se despidió de Argentina rodeada de miles de personas que encontraron en su música una forma de resistencia, pertenencia y, en muchos casos, una oportunidad para volver a creer.
PH: Dante Aguilar
La noche comenzó a tomar forma al ritmo de “War Pigs”, de Black Sabbath, que sonaba por los parlantes mientras el público empezaba a corear cada estrofa. Poco después, “Polícia”, de Titãs, terminó de encender la expectativa y anticipó la intensidad de lo que estaba por suceder. El primero en salir al escenario fue Andreas Kisser, recibido de inmediato por una ovación. La aparición del resto de los integrantes dio paso a los primeros acordes de “Inner Self”, desatando una reacción instantánea entre los presentes.
Puños en alto, dedos formando cuernos y una valla que comenzaba a estremecerse acompañaron los primeros minutos del espectáculo. La euforia colectiva marcó el pulso de un comienzo que anticipaba una noche atravesada por la emoción, la contundencia y la fuerza que únicamente Sepultura podía ofrecer. Al tratarse de una despedida, cada canción parecía cargada de un significado especial.
El público se distinguió por una combinación de euforia y cuidado mutuo, donde la intensidad del pogo convivió en todo momento con la atención hacia quienes compartían el espacio. Una de las imágenes más significativas de la noche ocurrió cuando una persona en silla de ruedas ingresó al centro de la ronda. A su alrededor, los asistentes continuaron saltando y chocando al ritmo de la música, pero al mismo tiempo construyeron una barrera humana espontánea para protegerla de cualquier golpe. En medio del caos aparente, la escena resumía una de las reglas no escritas del metal: cuidarse entre todos.







Las rondas se abrían y desplazaban al ritmo de la música, mientras cuerpos transpirados chocaban entre sí en medio de un movimiento incesante. El calor que dominaba el recinto se mezclaba con el sudor y la energía de miles de personas entregadas por completo a la experiencia.
“Attitude” se convirtió en uno de los momentos que mejor sintetizaron el espíritu de la noche. El bajo de Paulo Jr. irrumpía con un sonido crudo y contundente, capaz de transformar cada nota en una descarga física, mientras la guitarra de Andreas Kisser se desplegaba sobre la precisión rítmica de Greyson Nekrutman y la potencia vocal de Derrick Green. El público había encontrado su lugar en el mundo, aunque fuera por unas horas, bajo el sonido pesado de Sepultura en C Art Media.
Con el show ya avanzado llegó el momento de “Kaiowas”, una instancia que propició un acercamiento especial entre los músicos y parte de los asistentes. Entre ellos se encontraba Nefertari Crespo, una joven de 16 años que comenzó a tocar la batería a los 12 y que, junto a su padre, había entablado conversación con Greyson Nekrutman durante las horas previas al recital. La humildad y cercanía del baterista habían convertido aquel intercambio en un recuerdo inolvidable. Sin embargo, todavía faltaba el capítulo más inesperado: Nekrutman los invitó a subir al escenario junto a otros asistentes para acompañar a la banda durante la interpretación de la canción. Lo que había comenzado como una charla casual terminó convirtiéndose en una experiencia imposible de imaginar para cualquier fanático.
Con “Beyond the Dream”, Sepultura hizo una pausa en la intensidad arrolladora del metal para abrir un espacio de introspección. Por unos instantes, el tiempo pareció detenerse mientras Derrick Green interpretaba los versos de “Leave it all behind to begin again, there’s no expectations”, dotando a cada palabra de una profunda carga emocional. La interpretación adquirió una dimensión reflexiva, donde cada frase parecía interpelar al público desde un lugar profundamente humano, como una invitación a pensar sobre los ciclos, los cambios y la fugacidad de aquello que nos atraviesa.














Sepultura destacó una vez más a Argentina como uno de los mejores lugares del mundo para tocar, evocando los recuerdos construidos durante décadas de visitas al país. La respuesta fue inmediata. Desde todos los sectores del recinto comenzó a escucharse el clásico: “Olé, olé, olé, olé, olé, olá, cada día te quiero más, Sepultura es un sentimiento que no puede parar”. Mientras observaba la reacción del público, Derrick Green se quebró. Las lágrimas aparecieron al recordar el camino recorrido desde su primera visita a la Argentina hasta aquella noche que marcaba el final de una historia compartida. El aplauso que siguió pareció funcionar como un agradecimiento mutuo entre la banda y sus seguidores.
Uno de los momentos más celebrados de la noche llegó con la participación de Andrés Giménez, Titi Lapolla y Marcelo Castro, integrantes de A.N.I.M.A.L., quienes fueron invitados a compartir el escenario para interpretar “Refuse/Resist”. La aparición de los músicos argentinos despertó una reacción inmediata y afectuosa entre los asistentes, que respondieron con una ovación ensordecedora. El histórico vínculo entre ambas bandas encontró allí una nueva manifestación frente a un público que disfrutó cada segundo de aquel encuentro.
Cuando los músicos abandonaron el escenario por primera vez, nadie pareció dispuesto a aceptar que el final estuviera tan cerca. Los gritos reclamando una última aparición se hicieron cada vez más fuertes hasta que Greyson Nekrutman regresó para ofrecer un impactante solo de batería. Con una ejecución precisa, contundente y cargada de personalidad, el músico dejó en claro por qué se ganó un lugar dentro de una de las agrupaciones más importantes de la historia del metal.
Tras una nueva ovación, la banda regresó para interpretar “Ratamahatta”. Para entonces, cualquier barrera idiomática había dejado de existir y el público respondió cantando, saltando y celebrando cada movimiento sobre el escenario. Finalmente, “Roots Bloody Roots”, uno de los himnos más emblemáticos de su carrera, fue la elegida para cerrar una presentación de una hora y treinta y cinco minutos de duración.














La despedida llegó entre saludos, sonrisas y objetos lanzados hacia el público. Baquetas, púas y listas de canciones cambiaban de manos como pequeños tesoros destinados a conservar un recuerdo irrepetible. Antes de abandonar el escenario, los integrantes se reunieron para una última fotografía junto a los presentes, inmortalizando una noche atravesada por la gratitud y la emoción.
Entonces, en las pantallas apareció un mensaje tan simple como contundente: “Gracias, Sepultura”.
Con esas palabras comenzó el lento éxodo hacia la salida. Atrás quedaba el último encuentro argentino de una de las bandas más importantes de la historia del metal. Y si la primera vez nunca se olvida, Sepultura demostró en C Art Media que la última también puede convertirse en un recuerdo imposible de abandonar.
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