La noche del 2 de abril en el Parque de la Ciudad tuvo un comienzo con acento mexicano y espíritu latinoamericano. Antes de que La Renga desplegara su habitual banquete, El Tri tomó el escenario como invitado especial y ofreció un set que combinó oficio, actitud y una conexión genuina con el público argentino.
Con Álex Lora al frente, la banda salió a tocar sin rodeos, apoyada en un sonido crudo y una presencia escénica que no necesita artificios. Desde el arranque, quedó claro que no se trataba de una participación decorativa: El Tri llegó a dejar su huella. La respuesta desde abajo fue inmediata, con un público que, aún esperando a los de Mataderos, acompañó con entusiasmo y respeto cada canción.


















El repertorio fue directo y efectivo, sostenido en clásicos que atraviesan generaciones y en una energía que se mantuvo firme de principio a fin. Hubo momentos de comunión, coros compartidos y ese clima tan propio de los grandes encuentros, donde no importa el origen sino la intensidad del vínculo que se genera en vivo.
La presencia de El Tri también funcionó como símbolo. No solo por la historia compartida con La Renga, sino por lo que representa su música dentro del rock latino: una identidad construida desde la calle, con letras que dialogan con la realidad y una actitud que se sostiene intacta con el paso del tiempo. Ese lazo no es nuevo: ya en 1999, la banda mexicana había sido parte de un show de los de Mataderos en Mar del Plata (en un show en el viejo Patinódromo), en una visita que quedó en la memoria de muchos y que hoy suma una nueva página a esa relación forjada a puro escenario.
El cierre dejó la sensación de haber presenciado algo más que un show soporte. Fue una declaración de principios, una celebración del rocanrol como lenguaje común y una invitación a cruzar fronteras a través de la música. Cuando El Tri se despidió, el terreno ya estaba listo: la llama estaba encendida y el ritual podía comenzar.

















Las imágenes que acompañan la nota pertenecen a Leandro Olivo, quien logró capturar con precisión la intensidad de una tarde cargada de historia, electricidad y comunión rockera.
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