El Zar | C Art Media | 10.04.2026 | Ph. Mica Goyeneche

Hay bandas que crecen de golpe y otras que prefieren cocinarse a fuego lento. El show de El Zar del 10 de abril en C Art Media dejó claro que ellos eligieron —y sostuvieron— el segundo camino. Sin apuro, pero sin pausa. Y hoy, con ese recorrido encima, todo empieza a cerrar.

El proyecto de Facundo Castaño Montoya y Pablo Giménez nunca necesitó del impacto inmediato. Desde aquellos primeros discos donde la melancolía era casi un refugio, hasta este presente más abierto y luminoso, la banda fue construyendo una identidad sin traicionarse. Canciones que entran de a poco, pero se quedan mucho tiempo.

Lo del viernes tuvo algo de eso: no fue un show para demostrar, fue un show para habitar. Con una sala llena y un público que ya no solo acompaña sino que entiende el código, El Zar jugó de local desde el primer tema. Paradiso aparece acá como una especie de bisagra: un disco que expande el sonido sin romperlo, que suma aire sin perder intimidad. Y en vivo eso se siente.

Hay una evolución clara en cómo piensan el recital. Menos dependencia del hit aislado, más idea de recorrido. Suben, bajan, generan climas. Se permiten respirar. No todo es euforia constante, y ahí está parte de la diferencia.

El quiebre emocional de la noche llegó con los invitados. Julián Kartún y Cachorro López se sumaron y desordenaron —para bien— la lógica del show. Kartún aportó esa energía medio caótica, medio teatral, que siempre empuja todo un poco más allá. Cachorro, en cambio, apareció desde otro lugar: más silencioso, pero con un peso simbólico enorme. No es solo un invitado, es alguien que ayudó a moldear buena parte del sonido pop argentino. Y verlo ahí, compartiendo escenario, dice bastante sin necesidad de subrayarlo.

Si hay que buscar un punto de quiebre en la historia reciente de la banda, probablemente esté en su paso por Estadio Obras Sanitarias en 2025. Pero lo interesante es que no se quedaron en esa foto. Este regreso a una sala como C Art Media no se sintió como un retroceso, sino como una decisión: volver a un formato más cercano, pero con otra espalda.

El Zar hoy está en un lugar incómodo —y eso es bueno—: ya no es banda chica, pero tampoco terminó de jugar todas sus cartas. Está en expansión, probando, ajustando. Con un público que crece y una estética cada vez más definida.

Lo del 10 de abril no fue una consagración ni una sorpresa. Fue algo más interesante: una confirmación sin estridencias. De esas que no hacen ruido, pero te dejan pensando que lo mejor todavía no pasó.

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