Alan Sutton y las Criaturitas en el Konex: ansiedad, ironía y un ritual que ya es propio

El sábado 21 de marzo, el patio de Ciudad Cultural Konex se transformó en ese lugar donde lo incómodo se vuelve canción y lo cotidiano, relato compartido. Alan Sutton y las Criaturitas de la Ansiedad volvió a cruzarse con su gente en un formato que le calza perfecto: cercano, intenso y sin filtros.

No era una fecha más. El Konex, con su lógica de espacio abierto y circulación constante, amplificó algo que la banda ya trae de base: la sensación de comunidad. Desde temprano, el clima se armó solo. Gente tirada en el piso, charlas cruzadas, expectativa tranquila. Hasta que todo empezó a girar alrededor del escenario.

Cuando salieron, no hubo necesidad de impacto inicial. Lo de Sutton y compañía pasa por otro lado. La construcción es progresiva, casi narrativa. Cada canción funciona como una escena y el show, como una obra que mezcla humor, angustia, crítica y ternura sin pedir permiso. Esa combinación —difícil de encasillar entre el indie, el pop y la canción de autor— es justamente lo que los volvió una de las propuestas más singulares de la escena local.

El setlist (largo, variado y sin concesiones) dejó ver todas las caras del proyecto. Desde el absurdo filoso hasta la introspección más directa, la banda sostuvo una coherencia que no depende del género sino del discurso. Hay una idea clara de lo que quieren decir y, sobre todo, de cómo decirlo.

En vivo, eso se potencia. Porque si en estudio las canciones ya funcionan como pequeños universos, arriba del escenario terminan de expandirse. Hay teatralidad, hay gestos, hay climas que suben y bajan sin romper nunca el hilo. Y en el medio, el público, que no solo acompaña: participa.

El vínculo es uno de los puntos más fuertes de la banda. No es casual. Las letras hablan de ansiedad, contradicciones, miedos y pequeñas miserias diarias, pero lo hacen desde un lugar que no baja línea. Más bien abre preguntas. Y ahí es donde la gente entra. Porque se reconoce.

Sobre el final, el show crece en intensidad, pero no pierde el eje. No hay golpe efectista ni cierre grandilocuente. Lo que queda es otra cosa: una sensación de haber pasado por algo real. Algo que no intenta ser perfecto, pero sí honesto.

Lo del 21 de marzo en el Konex no fue solo un recital. Fue la confirmación de un proyecto que encontró su forma. Y que, en esa mezcla de caos, humor y sensibilidad, sigue construyendo uno de los universos más propios de la escena actual.

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