Abril Olivera | Niceto Club | 09.04.2026 | PH. Guido Maiolatesi

Abril Olivera hizo de Niceto una experiencia inmersiva entre lo sonoro y lo visual

En tiempos donde muchos shows apuestan al impacto inmediato, lo de Abril Olivera en Niceto Club fue otra cosa: una construcción paciente, casi hipnótica, donde cada capa —musical y visual— tuvo su peso específico. La presentación de Río de la Plata se vivió como una obra integral, y en ese recorrido, las imágenes capturadas por Guido Maiolatesi no funcionan solo como registro, sino como una extensión natural del clima que se generó en sala.

El inicio con “Arrancarte el corazón” dejó en claro que la noche iba a moverse en terrenos introspectivos. “A la salida” y “En algún lugar” terminaron de delinear esa atmósfera donde lo etéreo y lo emocional se cruzan sin apuro. Sobre el escenario, Olivera sostuvo una presencia medida, sin buscar protagonismos forzados, apoyándose en una banda que entendió perfectamente la lógica del show: acompañar sin invadir.

Con “Conmigo” y “Me fui”, la narrativa ganó profundidad. Hubo una conexión tangible con el público, pero lejos de lo efusivo: más bien una comunión silenciosa, sostenida en miradas, en climas, en pequeños gestos. “La ley del deseo” y “Cuerpo contra cuerpo” sumaron cuerpo sonoro, ampliando el espectro sin romper con la delicadeza que atravesó toda la noche.

“Tan especial que me aburrió” y “Beso eterno” aportaron una dinámica distinta, apenas más rítmica, mientras que “No me la robé” y “Por el bien de los dos” reforzaron el vínculo con la audiencia. La aparición de “Vaga”, como material nuevo, funcionó como un indicio claro de continuidad estética: hay evolución, pero también una identidad firme.

El cierre fue en crecimiento sostenido. “Toda la noche”, “Cada vez” y “Todo el tiempo” expandieron el pulso del show, y el tramo final con “MKOB” y “Acuerdo” dejó la sensación de haber transitado algo más que un recital. Una experiencia donde lo sonoro y lo visual se potenciaron mutuamente.

Lo de Abril Olivera en Niceto no necesitó golpes de efecto. Fue, en cambio, una invitación a habitar el detalle. Y en ese universo, las imágenes no solo acompañan: terminan de completar el relato.

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