Hay conciertos que no sólo recorren un repertorio: cuentan una historia, abren una herida vieja, la curan y vuelven a encenderla. Así se vivió el show de Bersuit Vergarabat en el Movistar Arena, una noche en la que el grupo se entregó por completo y la audiencia respondió como si cada canción fuera un recordatorio de algo esencial. Las imágenes de Camila Sebastiao, sensibles y filosas, terminaron de fijar en el tiempo un concierto que tuvo matices, fiesta, invitados y una potencia escénica que fue creciendo tema tras tema.
El inicio, con “El gordo motoneta”, fue un sacudón inmediato: una apertura sin anestesia, que metió al estadio en un clima de desorden alegre. La transición hacia “La del toro” y “La vida boba” extendió ese impulso inicial con un ritmo que ya marcaba el carácter de la noche: acelerado, impulsivo, sin tiempos muertos. Con “Desconexión sideral”, el estadio entró en un clima más envolvente, casi hipnótico, antes de que “Canción de Juan” y la siempre punzante “Veneno de humanidad” provocaran un giro más introspectivo.
El punto de inflexión llegó con Cucuza Castiello, invitado para “Porteño de ley” y “Grasun”, un instante donde el show tomó un color porteño, cercano al arrabal, como si la banda aflojara la musculatura para mostrar otra sensibilidad. Ese tramo, inesperado para muchos, cambió la textura del repertorio y preparó el camino para la vuelta al pulso más clásico de Bersuit con “No te olvides” y “Caroncha (Valiente indio barrial)”.
Uno de los momentos más celebrados del concierto fue “Murguita del sur”, reforzada por la presencia de Francisco Charco: ahí el Movistar Arena se convirtió en una marea murguera, vibrante y emocional. Y apenas unos minutos después, el escenario recibió a Nahuel Pennisi, primero para “Toco y me voy” y luego para “Sencillamente”, aportando una calidez única que contrastó con la electricidad general de la noche.
El tramo más enérgico llegó a partir de “Vuelos”, seguido por una interpretación especialmente sentida de “La soledad”, casi suspendida en el aire. La banda retomó el pulso festivo con “Yo tomo”, una explosión colectiva, y empalmó con una versión áspera y poderosa de “Danza de los muertos pobres (Afro)”, antes de la arenga encendida de “El viejo de arriba”, con Beto Olguín sumándose al grito.
La sección política y furiosa llegó con “La argentinidad al palo”, acompañada por Willy Bronca, y explotó definitivamente con “Sr. Cobranza”, junto a Catriel Ciavarella, Connie Isla y Hernán de Vega: un bloque cargado de urgencia, crítica y catarsis. “Se viene” y “La bolsa” terminaron de incendiar la sala antes de la salida momentánea del escenario.
El regreso fue puro corazón: “Negra murguera”, “Es importante” y un cierre luminoso con “El viento trae una copla”, que dejó al Movistar Arena envuelto en una mezcla de gratitud y desahogo.
Las fotos de Camila Sebastiao acompañaron esta construcción emocional: colores vibrantes, gestos congelados en el momento justo y un registro que captura la intensidad sin perder humanidad.
Bersuit volvió a dejar claro que su repertorio no envejece: muta, se reinterpreta y sigue siendo un punto de encuentro entre generaciones. El Movistar Arena lo vivió como una celebración identitaria, ruidosa, honesta, profundamente viva.
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